viernes, 4 de septiembre de 2015

MENINAS EMPUTÁS





DE BLANQUEAMIENTOS, PRIVATIZACIONES Y OTROS DESVÍOS

El arte no es un acto privado: es un acto público. No es el regocijo del alma y del mercado, sino la puesta en escena de hombres y mujeres, su historia y su contexto. El arte no es ser, el arte es estar. Porque de la misma manera en que vivimos en sociedad, nuestra respuesta ante los acontecimientos es cultural, social y política: nuestras opiniones, apetitos, omisiones y escogencias así lo confirman. Por eso ser artista es ser vocero de un grupo humano y servir como mediador de sus preguntas, gustos y saberes, con la certeza de que son sus inquietudes las mismas que por derecho propio se agitan en nuestra cabeza. Algo así como un palabrero que al mirarse en el gran espejo de su cultura encuentra el término exacto para saldar los resquicios de sus disputas ancladas en lo mas profundo de su memoria colectiva. Es por eso que ser artista en Cartagena, en el Caribe colombiano y en el Gran Caribe, es servir de emisario de una memoria cultural abruptamente inseminada desde la colonia, una gran comilona condimentada por indígenas, africanos, españoles, árabes, italianos, holandeses, ingleses, portugueses, que sentó las claves de lo que hoy somos, siendo la condición de Puerto Negrero la que marcó de forma definitiva nuestra manera de estar en el mundo. Porque Cartagena es negra, mestiza y ante todo mulata, desde hace 482 años. Fue aquí en donde se formaron los primeros palenques, en donde se celebraron de manera clandestina las rebeldes fiestas de las candelas en honor a Changó y Yemayá y la única ciudad que en 1811 se independizó de España y de la Nueva Granada, con la clara intención de formar una isla aparte. Desde ese momento hasta ahora, la Heroica ha sido atacada de nuevo por piratas propios y extraños que a través de blanqueamientos, agentes ventrílocuos y prohibiciones moralistas, tratan de hacerla volver al redil. Estas son las pistas para entender la periferia que ahora somos, en una nación fracasada y obtusamente administrada desde el centro.

Es así como nuestro MANIFIESTO EMPUTAO* publicado en febrero de 2014, sigue gozando de buena salud y por lo tanto, vigente. Por eso es necesario ejercer resistencia en varios de sus puntos de manera que no se siga repitiendo la fórmula centralista de enviar agentes turísticos a Cartagena con el propósito de “resolver” nuestras preguntas esenciales, violando el legítimo derecho de toda cultura a “esa particular manera que tiene de pelar un mango o comerse una fruta”, dice el poeta. Los dogmas foráneos traen preguntas foráneas y perversas soluciones. En su libro “Orientalismo”, el crítico y activista palestino-estadounidense Edward Said, analiza “ la mirada sensualista y exotizante del Otro” como un sistema de conocimiento fabricado por Occidente para imponer desde la Academia la idea de una supuesta inferioridad racial, social, política e ideológica de Oriente. De esta manera quedaban justificadas las intervenciones que en nombre del saber se hacían “sobre la barbarie, la lujuria y la incapacidad” de los pueblos orientales para auto gobernarse. Una política de dominio cultural que gracias al sistema centralista, se repite en Colombia.

De esa manera y siguiendo la ruta del eugenismo cultural, los recursos que el Ministerio de Cultura asigna anualmente a la gestión cultural independiente y que por derecho propio también le pertenecen a los gestores de la Región Caribe, son feriados entre una exclusiva terna centralista, desplazando los proyectos de los creadores y creadoras locales y convirtiendo nuestros recursos territoriales en un jugoso botín para gestores foráneos, que aprovechan su cuarto de hora de fama desvirtuando la escena cultural de la región, como ha quedado demostrado en la actual versión “cachaca” del Salón Regional de Artistas del la Región Caribe 2015, administrada y curada desde la capital como un espectáculo turístico y un gabinete de curiosidades que sustituye y desvía la esencia de nuestra cultura regional. Todo esto queda evidenciado en las líneas de investigación que propone la corroída curaduría que en términos oxidados como “arte y naturaleza”, no enfatiza en las problemáticas puntuales de contextos específicos de las subregiones en donde residen y trabajan los artistas convocados, banalizando los contenidos críticos de cada propuesta, o en “Caribe expandido” una visión facilista en donde deja de trabajar de la mano de los contenidos diaspóricos o en interconexiones conceptuales con el arte del Gran Caribe. Igualmente denunciamos a su debido momento la ilegalidad de la curaduría ganadora de la beca de estímulos, que más parece un concurso de estrellas de la gestión y la producción, y menos de la investigación curatorial del arte del Caribe colombiano. Esta curaduría se esforzará por espectacularizar los contenidos visuales de cada propuesta, porque apuesta a la megaproducción (con drones incluidos) dejando a un lado el sentido teórico de la curaduría en sí, intentando hacernos creer en una nueva “barriga’e trapo”. Estas políticas de sustitución y ocultamiento ejercidas durante mucho tiempo desde Bogotá han sido realizadas en callada colaboración con museos, instituciones y gestores locales, que vendiéndole el alma al diablo han logrado la triste recolonización de nuestros saberes. Por eso es de primordial importancia que desde la educación, la academia y los medios de comunicación, se erradiquen los cánones del gusto impuestos por años a la población cartagenera, ahora reforzados por las industrias culturales y la mirada paternalista desde el centro, ordenanzas consagradas a una estética internacionalista, foránea y elitista que caricaturiza nuestra cultura vernácula. Casos como la prohibición de los bailes de champeta, así como el uso popular y discriminatorio de algunos términos despectivos como “corroncho” utilizados socialmente por propios y extraños para descalificar al Otro y a nuestra cultura raizal, acentúan el abismo social existente y hacen urgente la asignación de recursos destinados a financiar grupos de investigación cultural en Universidades e Instituciones locales.

De la misma forma, es necesario seguir cuestionando las políticas culturales oficiales dirigidas a la realización de ferias de arte, con el fin de que estos eventos netamente comerciales dirigidos al coleccionismo, la subasta, el mercadeo y el lucro de capitales privados, no sean financiadas con dineros públicos. El derroche que generó la industria mediática y de entretenimiento que en su momento patrocinó la turística I Bienal de Arte Contemporáneo de Cartagena de Indias BIACI, financiada en parte con recursos de la ciudad, contrasta con la falta de espacios para la difusión del arte local y el difícil acceso a ellos, sumado a las casi inexistentes curadurías locales, generando en consecuencia un monopolio visual sobre aquello que vale la pena ser visto, dando como resultado la invisibilización y la falta de reconocimiento de muchos artistas cartageneros/as, algunos de ellos en la diáspora. Políticas que con el tiempo han legitimado a un espectador pasivo que confunde la alharaca exhibicionista dirigida a un consumidor-turista, mientras desconoce la existencia y la importancia del arte local en la reconstrucción del tejido social y la configuración de su propio deseo.


Por último, consideramos indispensable un diálogo abierto con el Ministerio de Cultura y un replanteamiento definitivo de las políticas culturales del país que hasta hoy solo han beneficiado a los mismos de siempre, como queda evidenciado en el caso de un miembro del jurado de los actuales SRA que ejerce por un lado como productor de una de las dos versiones ganadoras y como contratista de los Laboratorios de Artes Visuales en el Caribe colombiano por el otro. ¿Las barajas están echadas? Así lo demuestra el actual Plan Nacional de Desarrollo, una patente de corzo para seguir manipulando desde la capital los dineros públicos que nos pertenecen a todos.

MENINAS EMPUTÁS
Cartagena 6 de agosto de 2015